Eufrasia Amat en su 188 aniversario

Esta vez escribo sobre Eufrasia Amat Moya, nuestra primera contralto profesional.

Travesía en Lila: las mexicanas en la historia del arte.

Esta vez escribo sobre Eufrasia Amat Moya, nuestra primera contralto profesional. No tenemos una sola imagen suya, pero sí sabemos que nació en la ciudad de México el 31 de agosto de  1832, lo que significa que este mes es el 188 aniversario de su nacimiento.

Seguramente nadie hará una celebración de esta extraordinaria artista, pero eso no borrará de la historia que haya sido la primera cantante mexicana contratada en una compañía extranjera y a la que un escándalo la volvió casi una heroína para el México del siglo XIX. Nuestra memoria no es justa pero si imborrable. 

De familia rica, Eufrasia era hija del general Juan Amat, héroe de la Guerra de Texas (1836), y de Juana Moya, hija del general español Juan de Moya y Murejón. Es decir venía de una familia de militares y ella crece, por lo tanto, bajo una férrea disciplina. Con estos antecedentes no es de extrañar que los primeros comentarios que uno encuentra sobre su trabajo son referentes a lo muy bien que actuaba los papeles masculinos, que en ese entonces estaban compuestos para voces graves de mujeres.

Fue educada en la música desde muy temprana edad. Hizo sus primeros estudios formales de canto en la Academia de Agustín Caballero, en 1847. Cuando su familia pasó a tener problemas económicos serios, se le permitió “rescatarla de la desgracia” cantando de manera profesional. En 1849 dio su primer concierto en la propia Academia, el cual fue un éxito; desde entonces el público la bautizó como “El Jilguero Mexicano”.

En ese entonces había numerosas compañías extranjeras que se presentaban en los teatros de todo el país, haciendo largas giras. Cada una de ellas tenía contaba con sus propias estrellas y cantantes por lo que, normalmente, no contrataban artistas del país.

Una de ellas, quizá la más famosa, era la de Max Maretzek que llegó a México en 1852 y comenzó a trabajar en el Gran Teatro Nacional durante el gobierno de Miramón, con muchos problemas como se podrá deducir de una época tan efervescente.

Es precisamente este empresario quien contrató a Eufrasia Amat para que debutara con el papel titular de la Semiramide de Gioachino Rossini el 27 julio de 1852, con escasos 20 años. A su lado cantaba la célebre soprano de la época Balbina Steffenone (1808-1896), quien se consideraba la estrella de la compañía y que fue su compañera de escena también en la compañía Carbajal varios años después. Esta función era de especial interés porque era para la celebración del cumpleaños del presidente Mariano Arista.

A partir de ese momento su carrera despegó y se convirtió en la contralto más famosa del país. Algunos de los hechos que demuestran la importancia de su personalidad en la sociedad mexicana son, por ejemplo, que en una función teatral a su beneficio, Jaime Nunó participó ejecutando al piano una fantasía sobre La straniera de Vincenzo Bellini, y que el 6 de abril de 1856 participó en el concierto del pianista Oscar Pfeifer, efectuado en el Teatro Nacional, en honor del presidente Ignacio Comonfort.

Sin embargo,  lo que realmente la hizo famosa fue el escándalo en que se vio metida cuando el 18 de agosto de 1854 aparece en el periódico El orden una carta firmada por “algunos mexicanos”, donde se le reclamaba a la empresa extranjera de Amilcare Roncari que se negara a renovarle el contrato a la contralto con la compañía Carvajal y, como era la única artista mexicana de la compañía, se consideraba este acto como injusto e inmoral.

El delicioso escándalo en la prensa incluyó una exacerbada respuesta del empresario que contiene frases como “¡¡¡Por Dios que la guerra que se hace a la empresa, que es noble, franca y digna de un siglo de civilización y progreso, ha de dar amargos resultados!!!”[1] Pero, con las protestas del público herido en su orgullo patrio, no tuvo más remedio que contratarla de nuevo como “primera conltrato” haciendo de ella casi una heroína de la mexicanidad.

Uno de sus admiradores, J. M. rodríguez y Cos, escribió en 1852 un hermoso poema en su honor, que tiene referentes a las culturas prehispánicas, cosa por demás extraña en la época:

Jilguero de Anáhuac, zenzontle del valle,
Tu acento no calle; verás al querubín
Las alas doradas plegar abatido,
Romper, dolorido, su ebúrneo laúd.
Verás que las aves que dan á los vientos
Sus limpios acentos, no osan, en fin,
Silbar en las selvas, si escuchan sus trinos
Tornarse divinos, lanzados por tí.[2]

También es extraño que este documento aparezca en la Biblioteca Nacional de España, cuando no se tiene noticia de que ella haya estado aquí.

Actuó en público por última vez el 16 de septiembre de 1867 en una función dedicada al festejo de la Independencia. Murió en la Ciudad de México en 1882, a los cincuenta años exactamente y después de quince años de carrera profesional, que en el México de ese entonces era un récord insuperable.

Que sea este artículo un pequeño homenaje a una mujer que rompió esquemas, cuyo trabajo logró que sus admiradores defendieran sus derechos como artista, y con ello, nos abrió la puerta para defender los nuestros.


[1] El universal,  20 de agosto de 1854

[2] Documento encontrado en la Biblioteca Nacional de España.

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