Una esquina en la calle de Nicaragua es la novedad de la Semana del Arte mexicana. En el número 23, casi a espaldas del Centro Médico Nacional, al rededor de 50 artistas son hospedados por, otrora, una bodega de muebles.

La escena, lejos de provenir de una película de terror, es acogedora. La popular colonia Buenos Aires se suma al circuito del arte mexicano hospedando la primera edición de Work in Progress (Nōvo Collective). En sus muros de tabique semidesnudo se citan diariamente diferentes personas creadoras con un objetivo común: que las audiencias conozcan cómo nacen sus piezas.
La idea, dirigida creativamente por Jerry Guo bajo la producción de Chuman Zhang, fue evidentemente pensada fuera de la caja —y de la sede única: Work in Progress tiene 23 sedes alternas en la Ciudad. Nicaragua 23 es técnicamente un punto de encuentro para artistas que incluso abrirán la puerta de sus estudios para que la audiencia les pueda ver de cerca mientras trabajan, conocer los procesos y provocaciones que llevan.
El primer nivel esconde una joya: Kara S. Rice. El vibrante rojo de su obra, que retrata principalmente mujeres negras, coincide plenamente con la pintura de los muros y hace parecer que las pinturas crecen hasta cubrirlo todo. Se resume en un sentimental y merecido homenaje.

El segundo nivel es la gran sala. Peludos tapetes de diseño sueco —sobre los que no se puede usar calzado— están rodeados y usados por diferentes artistas: desde el cuidadosamente tejido trabajo del fondo hasta un videojuego que reconoce a la auto-arquitectura latinoamericana, pasando por calcetines que penden del techo, rellenos y decorados con mensajes escritos por el público. Si el piso te parece frío, coloridos calcetines te esperan como regalo en la puerta.
Pía Watson me recibe en mi primera noche aquí. Es actriz y artista performática, su rostro transmite tranquilidad mientras hablamos a pesar de que su cabeza acaba de ejercer un performance complejo donde pone en duda si las ideas vienen de una nube colectiva de pensamiento o son únicas. Para someter su tesis a prueba, invita al público a sentarse y poner en una plantilla los colores que reciben de la música de ukele que suena. Lo llama Telepática Internacional.





Apenas termino de hablar con ella y sigo derecho hasta Diego Trujillo Pisanty, a quien veo fotografiando sonidos con su Blind / Machine: una cámara que inventó él. Grabó 200 horas de video en las calles de Ciudad de México, entrenó a una inteligencia artificial y ahora su cámara crea imágenes sonoras que se observan en una pantalla, generadas a partir de lo que recibe el micrófono del dispositivo y los videos que le precargó
A su lado está Brandon Hill, a quien no pude dejar de ver desde que entré porque, todo el rato, estuvo tejiendo. Su trabajo en proceso básicamente es elegir una fotografía, crear el patrón y tejerla com un lienzo gigante brotando de entre sus dedos mientras mueve las agujas con total atención.
Por la noche, luego de un rato cazándola y un par de mezcales deliciosos (cuya marca pregunté para comprar en alguna ocasión especial), encuentro a Malitzin Cortes (CNDSD). En la pantalla se observa el videojuego —totalmente interactivo— en el que recoge ejemplos de auto-arquitectura y la preserva como un importante modelo constructivo en la región.
En el tercer nivel, un estudio “cerrado” me da nostalgia periodística. Mediante huecos en el cristal, algunos con cristales sobrepuestos, Pablo Delgado muestra sus Pequeñas Verdades: crítica fabulosa por mordaz hacia la forma en que se presenta y editorializa la verdad —o la mentira— y la nunca ignorable importancia del contexto.

El segundo día, El Chico Paletas (Víctor Alvarado) me atrapa visualmente. Su cuerpo es una Paleta Payaso gigante, acaso medirá 1.90 de altura con la máscara. Me regala una lágrima de caramelo y unos minutos para hablar. Su pieza es, literalmente, una dulzura.
Ha creado espejos con caramelo macizo. Invita a la gente a escribir en notas adhesivas para recopilar sus Lágrimas de artista. Si acaso el llanto te enrojece los ojos, también tiene unas gafas.

Esas podrían servir después de que ese mismo mezcal que bebí ayer haga efectos, pero sólo para uno de los afortunados que usen los Vasos para beber juntos (Cups for Drink Together) que Liz Vukelich hace con cerámica. Me sirven también un matcha en uno de ellos y me enamoro de su trabajo y la pasión con la que habla de él.
No sólo son preciosos, sino divertidísimos.
La melancolía llega casi al final de esa segunda noche, en témpanos con un color que me hizo pensar en que serían de frambuesa. No pregunté porque, al final, todo es efímero.
No es que yo me encuentre melancólico mientras creo estás líneas. Esa fue la metáfora que Julia Barros de la Mora planteó en sus Gotas frías: performance donde 4 bailarines sostenían las paletas de hielo que parecían resistirse al derretimiento, pero nada es permanente. Es el postre para su Laying-down dinner en la que artistas y público compartían comida que traían. El rey de la noche fue un pastel de chocolate, pieza de arte no incluida en el catálogo.
Era tan inolvidable como el increíble collar que una perfectamente vestida rubia de cabello corto posó toda la noche, obra de Charles Osawa que robó miradas por la caprichosa forma que pendía de una cadena.

El DJ sigue tocando mientras camino a la salida. De nuevo, calcetines en la puerta. En mi cabeza sigue marcado el slogan impreso en la roja bolsa que sostengo: “Sé amable conmigo, soy un trabajo en proceso” (Be kind with me, I’m a work in progress). •









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