L’amour de loin: La producción que no debió nacer en México.

En la primera semana de abril vivimos el estreno para Latinoamérica de L’amour de loin, ópera de Kaija Saariaho, estrenada en 2000 en Salzburgo. Con libreto en francés, cuenta la historia de un par de enamorados que no se conocen, pero están unidos por los cantares de él y la ilusión de ella. Su enlace es un jilguero que cruza montañas y mares para llevar las voces del amor de costa a costa.

Los responsables de tal osadía fueron Agnieszka Sławińska (soprano, Clémence), Jaakko Kortekangas, (barítono, Jaufré Rudel) y Carla López-Speziale (mezzosoprano, Peregrino), acompañados por la Orquesta y Coro del Teatro de Bellas Artes bajo la batuta de José Areán.

La escenografía de Víctor Zapatero, Rafael Mendoza y Jorge Ballina nos dejó a todos con la boca abierta. Si bien recordaba un poco a la del Metropolitan Ópera House de NY, tenía su propia personalidad y movimientos precisos que retaban y asombraban al espectador. El coloso de mármol vivió la reinvención del modo en que se hace ópera en México y la experimentación en tal campo.

L’amour de Loin fue un juego de barras de led que construían cada uno de los escenarios, desde pasillos del castillo del Príncipe Jaufré hasta el mar donde soñaba un fatídico final. De un momento al otro el espectador pasaba de mirar desde un islote a ser observador celestial. El aprovechamiento de la tramoya del Palacio es magistral. Incluso, en esta marítima ensoñación, la Condesa de Trípoli nadaba al rededor de la nave en la que Rudel vio cómo terminarían sus días. ¡Eso es lo que más sorprende! Suspendida por la cintura, jamás se perdió el apoyo ni la afinación de Sławińska, cuya voz va al piano-pianísimo en notas agudísimas que se disfrutaban como quien prueba una miel finísima. López-Speziale y Kortekangas eran capaces de mantenernos atentos en todo momento. Con resoluciones sonoras limpias y proyección escénica segura, incluso sin más elementos en la tarima que sus cuerpos, la iluminación y los desniveles constantemente cambiantes, incluso modificados mientras ellos ejecutaban.

La producción en el Palacio de Bellas Artes fue sorprendente, grandilocuente, absolutamente fabulosa y, sin embargo, tiene un error gravísimo: la produjeron en México. Me asusta un poco pensar que sea demasiado para nosotros, que los puritanos del medio la destrocen por no haber sido una escenificación europea. Estoy seguro que de encontrarse en este último supuesto, la crítica mexicana la aplaudiría sonoramente. A eso me refiero con que esta puesta en escena debió florecer fuera de nuestras fronteras para ganarse su respeto y admiración.

Las voces: Precisas, lindas, presentes. El diseño sonoro es absolutamente destacable: envolvente, bien pensado, consciente del espacio.

Vigentes siguen las palabras de Francisco Fernández de Miguel: La buena ópera ha regresado a México.

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